domingo, 6 de octubre de 2013

Patagonia

 por Elisa Ofelia Pérez

En este páramo
Inconmensurable  
Habla la aridez
Desnuda.
Soledad y desmesura.

lunes, 2 de abril de 2012

Poesía I

Por Elisa Ofelia Pérez

Noche.
Sólo lamentos y quejidos.
Mi respiración entrecortada
Tiene hipo de miedo.
Buceo
En la oscuridad de mi alma
Buscando una rendija
Para asirme.
Vacío  / precipicio / caída
Transpiración profusa
Pesadillas que persiguen.
Descalza, sólo percibo un resplandor
Una escalera que desciende
Una negrura que devora.
Sola
Con los miedos y el silencio
Entre los muros tan altos,
Mohosos, negros, ásperos,
Huyendo de todos y de todo
De mí misma
Hacia el vacío de luz blanca.

Hermanos de sangre

Por Fabián Montagna


Un 4 de abril de 1962, allá en Doctor Gabriel Márquez, nacieron los gemelos Gustavo y Guillermo. Eran prácticamente idénticos. Si hasta Beatriz, su mamá, los confundía, de no ser por ese lunar que tenía Guillermo, que servía para distinguirlos cuando los bañaba, ya que quedaba oculto bajo la ropa. De su similitud se aprovecharon en la escuela, cuando eran chicos, y con las mujeres, cuando crecieron.
Guillermo era un excelente jugador de fútbol y ya a los 15 años había debutado en la primera de Argentino de Márquez. Gracias a él ganaron varias ligas locales. Su meta era jugar en algún club de Buenos Aires y por qué no en la Selección. Gustavo, en cambio, era pésimo futbolista, y se había dedicado a estudiar. Era él quien más de una vez salvó a su hermano en la escuela, cuando debían dar una lección o rendir algún examen. Se destacaba en matemáticas, pero lo suyo era la literatura. Ávido lector de las tragedias griegas, su sueño era estudiar y recibirse de profesor de lengua.
En mayo del 81 los sortearon para el servicio militar, 856 y 725 fueron los números que sacaron. No les quedaba otra, debían cumplir con el deber cívico. Averiguaron que la ley estipulaba que uno de los dos, por sorteo o por propio acuerdo, se podía salvar. Como lo habían hecho tantas otras veces, cuando uno debía poner la cara por los dos, jugaron su destino a piedra, papel o tijera. Guillermo fue el que perdió. Ninguno se amargó con lo que el azar había determinado y, como otras tantas veces, lo aceptaron.
A Guillermo lo incorporaron los primeros días de enero del 82, no muy lejos de Márquez, en Junín. Estuvo un mes sin volver, el tiempo que duró la instrucción. Finalmente, un viernes de mediados de febrero, apareció por el barrio. Le dieron licencia por una semana y le prometieron que lo dejarían salir los fines de semana para que pudiera jugar al fútbol.
Cuando llegó a Márquez, Gustavo se había cortado el pelo como un colimba. Volvían a ser idénticos.
A principios de marzo, al comenzar la liga, los benévolos militares que lo tenían a su servicio, y tal como le habían prometido, lo dejaron ir a jugar para Argentino. Con su aporte el equipo empezó a ganar y a ser serio candidato a repetir el campeonato logrado el año anterior.
         Cuando el 2 de abril comenzó la guerra con Inglaterra por las islas Malvinas, Guillermo era el mejor jugador del campeonato y ya se hablaba del interés de Boca por contratarlo.
         Gustavo, en tanto, estaba cada vez mejor en los estudios, y su futuro como profesor estaba asegurado. Preparaba alumnos en su casa y así siempre tenía un manguito para darse algunos gustos.
         Para fines de abril, un viernes que Guillermo salía de franco, le dieron la noticia: el lunes bien temprano tenía que viajar a Malvinas. Fue como un mazazo. En el viaje a Márquez no pudo pensar en otra cosa, cómo se lo diría a su familia, cómo reaccionarían con la noticia.
         Al llegar no le dijo nada a nadie. Después del partido contra Gimnasia, donde metió dos goles y fue la figura de la cancha, dirigentes de Boca, que lo fueron a ver, hablaron con él y quedaron en volver el fin de semana siguiente para comenzar a cerrar el trato.
         Le comentó a Gustavo lo que ocurría. Los dos sabían que era su gran oportunidad. Gustavo, entonces, le ofreció ser él quien fuera a Malvinas. Guillermo le dijo que estaba loco, que de ninguna manera podía aceptar.
         Gustavo le recordó que era su gran oportunidad, que no se preocupara, que él iría a Malvinas, mataría a algunos ingleses y volvería victorioso.
         Cuando les contaron a sus padres lo que pensaban hacer, se opusieron rotundamente:
-Ustedes están locos.
Gustavo minimizó el asunto:
- Voy por unos días a cagarme de frío y de risa a Malvinas y vuelvo como un héroe.
- Yo voy a volver como un héroe -replicó Guillermo-, no te olvides que para los milicos el que va a estar en Malvinas soy yo…
- Vos rompéla acá que cuando juegues en Europa tenés que llevarme a Grecia, me encantaría conocerla.
- Trato hecho.
El lunes, bien temprano, Gustavo salía de su casa vestido de colimba, rumbo a Junín. Nadie notaría la diferencia.
          El domingo, dirigentes de Boca fueron a la cancha a ver a Guillermo. Nadie, salvo su familia, sabía de su convocatoria para ir a Malvinas.
          Esa tarde hizo tres goles y le dio la victoria a su equipo. Los dirigentes quedaron maravillados y decidieron contratarlo.
         Lo primero que hizo Guillermo, al enterarse de la noticia, fue escribirle a Gustavo contándole lo sucedido y agregaba que no veía la hora de que terminara toda aquella locura de la guerra, para darle un abrazo y agradecerle lo que había hecho por él.
         Gustavo recibió la carta una semana después. Cuando pudo leerla estaba en una trinchera, tapado de barro y agua, muerto de frío y de hambre. Se puso contento por su hermano y agradeció que todo hubiera salido bien. Pensó en contestarle, pero no tenía papel.
         El domingo 2 de mayo, Guillermo debutó en la primera de Boca. Su actuación fue soberbia.
         Ese mismo día, vaya a saber cómo, llegó a las islas la noticia de la victoria de Boca y de la gran actuación del debutante.
         Ningún oficial o suboficial se interesó por aquel muchacho que jugaba en la primera de Boca. Tenían otros problemas mucho más importantes que resolver. Los ingleses eran mucho mejores de lo que les habían hecho creer. Tenían mejores armas, mejor vestimenta, más comida y en cantidad de efectivos los superaban ampliamente.
Gustavo, al saber la noticia, quiso contarles a todos lo orgulloso que estaba de su hermano, pero se contuvo.
Mientras tanto, Guillermo salía en diarios y programas deportivos. Era la nueva sensación del fútbol argentino.
         En las siguientes tres fechas volvió a ser figura y ya se hablaba de su futuro europeo.
         Gustavo, en tanto, sufría cada vez más el hambre, el frío y la incomprensión de sus superiores. Lo único que lo alentaba a seguir aguantando era saber lo bien que le estaba yendo a su hermano.
El viernes 28 de mayo, en un entrenamiento previo al superclásico, Guillermo sintió un pinchazo en el pecho. Luego del susto inicial, el dolor fue cesando y pudo terminar de entrenar sin problemas.
A miles de kilómetros de allí, en Malvinas, en ese mismo momento, Gustavo también sintió un gran dolor en el pecho. Era producto del tiro de un fusil enemigo, que lo hizo caer a varios metros de donde estaba parado, boca arriba. Cuando miró al cielo estaba gris, cubierto de nubes. De lo primero que se acordó fue de sus padres y de su hermano. Instantes después moría con una sonrisa en los labios.
         El domingo, después del partido, que Boca le ganó a River, con otra notable actuación suya, Guillermo y su familia recibieron la noticia: había muerto como un héroe, defendiendo a sus compañeros y a su nación.
Guillermo, rodeado de los suyos, no pudo contener las lágrimas. En ese mismo momento tomó una decisión: no volvería a jugar al fútbol. Fue imposible convencerlo que reviera su decisión.
         Una semana después las pertenencias de Gustavo le fueron entregadas a su familia: una gorra verde militar, una camiseta de Argentino de Márquez y una foto, sacada de algún diario que llegó a las islas, de su hermano con la camiseta de Boca gritando un gol.
         El 12 de agosto de 1982, Guillermo no aguantó tanto sufrimiento y se pegó un tiro.
         Al fin volvían a estar juntos.


viernes, 3 de febrero de 2012

El círculo

Por Elisa Ofelia Pérez


Estaba aburrida. Tercamente aburrida. En la chimenea, los leños encendidos eran devorados despaciosamente;  las lenguas de fuego bailaban reflejando luces y sombras sobre la alfombra. Marcela no tenía ganas ni de pararse para encender una luz. La indolencia y la apatía la tenían prisionera. Estas vacaciones en la montaña, alejada del bullicio al que estaba acostumbrada, la ponían furiosa; luego su falta de carácter para manifestar rechazo a la decisión adoptada por sus padres la angustiaba, la hacía sentir débil. No entendía cómo no se había rebelado con más firmeza. Pensó en Luis e imaginó que su amiga Silvia estaría tratando de quitárselo. Las imágenes que desfilaban por su mente conjeturando situaciones en las que ella no participaba terminaron por deprimirla aún más. A través de la ventana Marcela contempló un trozo de cielo oscuro. ¡Lo que faltaba!, se dijo, ¡una tormenta y todas mis vacaciones estarán perdidas!
   De pronto, los pensamientos lúgubres de Marcela fueron abruptamente sorprendidos por risas y el rasgueo de una guitarra. Se paró precipitadamente y se asomó al ventanal. Más allá del seto de ligustrina podía observar un movimiento inusitado. Alguien prendió un fuego, seguramente para darse calor. Escuchó las risas como llamándola.  La guitarra indolente se escuchaba de vez en cuando. La curiosidad la motivó a ponerse un abrigo y salir. Afuera el viento era suave, pero el frío recordaba enseguida que el otoño había finalizado. Se acercó cautelosa al cerco natural para observar, tratando de no ser advertida. En vano. Su hermano la llamó diciendo:
-         Marcela, ya sé que estás espiando. Vení, acércate al fuego. Será esta una velada inolvidable. Te lo prometo, hermanita.
    Marcela supo que todas las miradas estaban fijas en el lugar donde estaba agazapada. Trató de parecer casual al decir:
-         Estaba aburrida y escuché…
-         No es necesaria ninguna excusa. Unite al grupo. Estamos tratando de romper la monotonía con algo diferente.
-         ¿Qué? ¿Qué puede quebrar el tedio y el silencio que reinan en este lugar?
-         Según dice una leyenda del lugar, basta que enciendas una fogata en un claro o cerca del bosque para que la magia pueda ser convocada y suceda algo…
-         ¿Aterrador?, ¿divertido?
-         Yo diría lo primero- dijo un muchacho del grupo.
-         ¿Te animás?- le preguntó Luciano con una sonrisa.
Fue esa sonrisa burlona la que provocó a Marcela a aceptar el desafío a pesar de no estar segura de si quería participar o no.
-         Es fácil, vas a ver- dijo el mismo muchacho que había hablado antes. Todos rieron.
    Una chica comenzó a rasguear algo en la guitarra y todos siguieron la melodía con un: “mmmmmmmmmmmm…”.
    Marcela se incorporó a la rueda en torno al fuego que ya era una fogata. Las llamas se elevaban despidiendo un chisporroteo en distintos tonos hasta que un olor penetrante a madera verde y algo más, un olor que Marcela no podía identificar, fuerte, picante, intenso, se esparció por el lugar. Alguien puso frente a ella un espejo y le dijo:
-         Ahora comenzará lo verdaderamente bueno.
     Marcela vio su imagen en el espejo. La miró fijamente. Era ella, pero de pronto no sabía quién era, ya no se reconoció.
-         No tengas miedo- le dijeron entre risas –. Esa es tu verdadera imagen.
    Las risas y las chanzas, de pronto, fueron escuchándose cada vez más lejanas. Marcela contempló cómo la imagen se rompía en muchas imágenes de sí misma  o lo que fuera que allí se reflejaba, cada una desfigurada, alargada, chata, asustada, aterrorizada… Tal vez el espejo se rompió o de lo contrario querían matarla de un susto. Sintió una mano que tomaba su pie e instintivamente trató de defenderse. Percibió que querían asirla con fuerza y decidió huir.  Sin meditarlo más se paró y comenzó a correr. El bosque estaba oscuro. Escuchó el aullido de un lobo. “No creo que sea un solo lobo. Deben ser varios.” Y corrió más aprisa. Recordó la leyenda sobre las hadas, los elfos y los trasgos que habitaban los bosques. Se desorientó en su carrera. Sin darse cuenta, cada vez se alejaba más de la casa, a la que no podía encontrar. Marcela creía que la casa sería su salvación. Sentía que corrían detrás de ella. Se paró junto a un árbol grande y rugoso. Sintió cómo su corazón parecía desbocado dentro del pecho y su pulso temblaba entablando una feroz carrera consigo mismo. Era conciente que necesitaba defenderse. No sabía quiénes ni por qué la perseguían, pero se imaginó que algo siniestro la amenazaba y todo ¡por el condenado aburrimiento y la curiosidad! ¡Esa maldita curiosidad suya!!
     De pronto, cuando su corazón comenzaba a aquietarse, se percató de que había demasiado silencio a su alrededor. Apoyó la frente en el tronco del árbol y comenzó a girar lenta, muy lentamente…y… ¡Estaba rodeada! Su hermano y los amigos y amigas de su hermano, todos estaban mirándola y  de sus bocas sobresalían colmillos y una baba espesa escapaba de ellas mojando sus pechos velludos. Trató de defenderse de esas fauces feroces y esas manos siniestras que querían sujetarla. Estaba segura que la matarían, pero ella no caería sin antes herir a esas bestias que querían ¿matarla? ¿morderla? Sintió dolor y algo tibio en su mano. Me hirieron, pensó, y recordó el espejo, pero no debía detenerse, su vida estaba en juego. Giró y los desafió. De pronto pudo correr. Sólo quería escapar. No supo cómo pudo romper el círculo siniestro que la estaba aprisionando. Los escuchaba detrás. Oía sus voces…
      Marcela escuchó que la llamaban. Alguien la zamarreó con fuerza. Se obligó a abrir los ojos y se encontró recostada en el suelo, cerca de la chimenea. Vio el rostro preocupado de su hermano preguntándole qué le ocurría y también, al incorporarse, a sus amigos y a una chica que rasgueaba una guitarra; miró su mano y comprobó que estaba sangrando; los oyó decir:
-         ¡Pobre! Debe haberse dormido en el sillón y ha tenido una pesadilla. Aquí es tan aburrido siempre…
-         ¿No querrá venir con nosotros y compartir la fogata? Cantaremos y contaremos algunas leyendas de la zona…
-         ¿Qué te parece? Así, al menos, no estarás tan aburrida…
      Y Marcela supo que estaba atrapada.

viernes, 6 de enero de 2012

Poema I

Por Fernando Baroli



Dando vueltas
                en la noche
                                        me desarmo
                                        me desvelo
                                                            me deshago,
                                                                                      despacio,
                                                                                                    me despabilo;

                                                       


después
                                                                    me despierto
                                                                    me desconecto de las redes
                                                                                                     que me unen a mí mismo,
                                                                                                                                     me descubro;

                                                                            me destapo,
                                                                            me desvivo,
                                                                                                     descarnado
                                                                                                                        me desdoblo,
                                                                                                                        me desconozco.

                                        desgarro,
                                                            destruyo,
                                                                                mientras doy vueltas en la noche,
                                                                                                                          desamparado,
                                                                                                                          despojado
                                                                                                                                            y en silencio.

                               Despunta
                                                    el alba,
                                                                    deshilachada entre las nubes,
                                                                    desnuda,
                                                                    deseosa,
                                                                                        descubre
                                                                                        desolado
                                                                                        el desierto
                                                                                        de mi descanso;

                                                                                                        duermo,
                                                                                                        duermo solo
                                                                                                        y deshecho,
                                                                                                                        duermo mis desgracias;

                                                                                                                                                                        duermo.

martes, 3 de enero de 2012

Todo revuelto

Por Marcelo Pradells


¿Qué fue lo que hizo que anoche me quedara durmiendo cerca del mar? ¿Si había pescado y tenía bastante como para volver? Quizá fue ese atardecer, ese sol que me dejó quieto, hasta que el último rayo dejó el cielo, lo cierto fue que ya no tuve tiempo, o no quise volver, entonces me acomodé en un árbol y cerré los ojos. Estaba bajando el sol y yo de pie, solo, cuando el mar empezó a retroceder y con él la tierra y todo lo que ella tiene, los árboles, los frutos, los nidos, todo hacia atrás, los pájaros, mis hijos, mis padres y toda mi gente, todo revuelto, hacia atrás, todos gritando y yo sin poder correr, ni gritar, ni ayudar. Me desperté sobresaltado, era de noche, la luna estaba alta, iluminaba el mar, sólo se escuchaba el rumor de las olas y el retumbar de mi pecho, agitado, cuando de pronto las vi, eran tres enormes figuras, recortadas por la luna, que al principio creí pájaros, con enormes alas, cerca de la costa, silenciosos, pero nada se escuchaba, no, no eran pájaros, eran tres grandes canoas, lentamente avanzando por la bahía. De un salto pisé la arena, luego con otro el agua y vi gente salir de ellas, con fuego en las manos y reflejos de luna en las cabezas, dirigiéndose a la playa, donde yo estaba, ya con miedo en los pies y astillas en la garganta, que no atiné a nada, no, a nada y cuando giré, sentí el golpe en la cara y todo fue silencio, oscuridad derramada. Estaba subiendo el sol y yo arrodillado, con las manos atadas, cuando escuché los gritos, de mis padres, de mis hijos y de toda mi gente, todos corriendo hacia atrás y los ruidos que lastiman los oídos, el olor a sangre y el fuego quemándolo todo, los árboles y sus nidos, los frutos y los pájaros y todas las cosas de la tierra, todos gritando y yo quieto, con las manos atadas y una espada en mi cabeza, sin poder correr, ni gritar, ni ayudar. Cuando vi los ojos rubios de la ambición, los gritos, las risas y el idioma extraño, vi también, allá, detrás del último invasor, la figura pequeña, de largos cabellos y piel de arena, mojada por ojos oscuros, buscando su madre... era ella, mi hija que estaba ahí, mirándolo todo, lejos pero peligrosamente cerca, tan irreal fue su aparición que intenté alejarla cerrando los ojos, intentando una seña, o un pensamiento, un afecto repentino como el del Padre sol todas las mañanas, algo para avisarle, que corra, que no mire más, que huya donde la madre le había mostrado alguna vez la cascada. Me miró, creo, y grité, tan fuerte como pude, nombré la gruta, el sendero de la selva y todos los nombres conocidos, de mis padres, de mis hijos, de las altas palmeras y los cálidos nidos de la cigua, de la luna acariciando el sueño, de todo lo enseñado, de todo lo aprendido. Todo fue en rápido vuelo, en un breve aleteo de sangre y fuego, donde se esfumó, perdido en la última espuma virgen, de la última ola, el último día.

El gran amor de Roberto Robledo

              por Fabián Montagna          

            
           El despertador, como cada mañana, sonó a las seis. Roberto Robledo lo apagó con bronca, con excesivo rencor.
Y, también como cada mañana, ella lo abrazó y le susurró, casi como una súplica, al oído:
- Quedate cinco minutos más.
Él dudó un instante. La acarició muy despacio y con la voz rugosa, después de una noche de sueño, dijo, mientras se levantaba:
- No puedo, acordate lo que pasó la última vez que me quedé, por poco me echan de la fábrica.
Roberto Robledo se vistió en silencio y fue al baño. Por un momento estuvo tentado de volver con ella. El agua fría lo despabiló y la idea se fue por el desagüe. 
Cuando pasó por la habitación, desde la puerta y sin prender la luz murmuró:
- Nos vemos más tarde.
Ella no contestó. Se quedó en silencio, sola, en la penumbra del cuarto.
A la noche Roberto llegó cansado, el día había sido largo. Luego de cenar  y de ver algo en televisión, se fue a acostar. Ella lo estaba esperando. Estaba impecable. Se abrazaron, se acurrucaron y el sueño no tardó en llegar.
Por la mañana repitieron la rutina: el despertador, la petición de ella para que se quede, la  negación de Roberto, la despedida.
Y al día siguiente, y al otro y al siguiente.
Así pasaron los días, los meses, los años. Se sentían cada vez más unidos. Sin exigencias, ni de un lado ni del otro. Ella en silencio. Él disfrutando de los momentos compartidos.
Un día de fines de mayo, Roberto Robledo, volviendo en tren de la fábrica conoció a Mónica Montero, una morocha de ojos almendrados y labios sugerentes.
Fue de casualidad. Ella se sentó a su lado y se puso a leer “El Capital” de Marx. Dos estaciones más adelante, él se animó y le preguntó:
- Complicado ¿no?... el libro digo.
Ella lo miró por sobre los lentes que descansaban en la punta de su nariz  y le respondió:
- Trato, no es para nada sencillo, pero me tiene atrapada. ¿Lo leíste?
- Lo empecé tres veces y las tres lo abandoné.
Mónica intentó una especie de síntesis, le contó algo de la vida de Marx y del contexto en el que fue escrito.
Roberto la oía con atención. Lo atraía su forma de decir, de expresarse, de gesticular.
En cambio ella, que venía de arrastrar un par de frustraciones amorosas, sintió un poco de temor ante esta situación.
El destino y ellos hicieron que los viajes se hicieran frecuentes, placenteros, literarios.
Él regresaba a su casa como siempre, en su semblante jamás demostró lo que empezaba a sentir por Mónica.
Ni siquiera ella, que esperaba su regreso durante el día, las noches, los ponientes y las madrugadas, notó algo distinto en él. Sólo esperaba su vuelta para abrazarlo, cuidarlo, sentirlo.
La rutina no se modificó: el despertador, el ruego de ella, la negación de él, el baño, la despedida…

Dos meses después de conocer a Mónica, Roberto la invitó a su casa.
Cuando el timbre sonó ella estaba, como siempre, en el dormitorio. Sabía que ese era su lugar, su mundo.
Luego de unos mates y terminar de analizar “El Capital”, Roberto tomó a Mónica de las manos. Sintió la piel cristalina de sus manos entre las suyas. La miró fijo a los ojos y ensayó un beso. Ella  no se resistió. Unos minutos más tarde él le propuso ir al dormitorio.
Cuando la puerta se abrió, le dijo a Mónica:
- Ella es de quien tanto te hablé.
- Es como me la imaginé - dijo ella - ¿pensás que le caigo bien?
- No tengo dudas que sí.
Roberto Robledo y Mónica Montero se acostaron  y los tres hicieron el amor.
A la mañana siguiente el despertador sonó a las seis como siempre.
Él lo apagó con bronca, con el mismo rencor de cada mañana.
Mónica lo abrazó y le susurró al oído:
- Quedate un ratito más.
Ella también se lo pidió.
- Cinco minutos, nada más – ambas se habían puesto de acuerdo.
Roberto no dijo nada, se puso de pie y comenzó a vestirse, luego fue al baño.
Cuando pasó por la habitación, desde la puerta y sin prender la luz dijo:
- Nos vemos a la noche.
Ninguna de las dos contestó.
Así, en silencio, permanecieron abrazadas y acurrucadas por lo menos una hora.
Cuando Roberto llegó del trabajo, encontró un papel sobre la mesa de la cocina que decía:
                                                
Fijate si te gusta como quedó.
                                                Nos vemos a la noche.
                       
                                                                                   Un beso.
                                                                                   Mónica.